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Andar descalza, el verde, los helados de chocolate y avellana, sonreír, mirar el cielo, PINTAR, el mar, besar, la pizza, quedar con LSLO, el olor de los libros antiguos, coleccionar tazas, el arte, VIAJAR y verte al despertar. A veces me enamoro.

lunes, 26 de mayo de 2014

Agua, azucarillos y aguardiente

Permíteme decir que no encuentro sitio en los cajones para guardar tus besos y tus gestos. ¿Quién se acuerda de cómo era yo antes de ti? Hasta hace poco no era consciente de que eso era posible: un momento en el que no te soñé cada noche ni te violé con la mirada al verte. Un momento en el que no hacía falta pensarte porque tú aún no existías, ni nosotros, ¿entonces, yo sí? No sé si fui alguien algún día. Sólo sé que nací con tus besos. Que tus sueños me dieron la oportunidad de creer en mí misma, en que podía formar parte del acto más impresionante de la Tierra: el amor. No era un puto amor cualquiera, ya que me deshice la piel innumerables madrugadas pensando en cómo poder llegar hasta tus caderas. Te robaban y me robabas. Así era lo nuestro. Nadie lo comprendió nunca, quizá tampoco nosotros (por ello de que la distancia es lo único que tenemos ahora) pero sólo entonces éramos capaces de llegar hasta el final. Ilusa de mí cuando cumplías mis deseos, cuando alguna vez pensé que nos merecíamos el mundo entero. Nunca fue nuestro, sólo reflejos de un amor que se fue quedando por el camino, sin remedio. Nos quedamos sin parches, nos los arrancaron poco a poco, desde raíz. Nos desgastaron como dos piedras en el lecho de un río, como Abel y Caín. No nos bastó con nosotros mismos, sino que eramos como una piñata en una fiesta infantil. Ahora que nos han roto nadie quiere nuestros pedazos. Ahí estamos, entre la hierba, intentando rozarnos o buscar a alguien que recoja nuestras almas. Que suerte tienes, amigo. Contigo ya van por el último roto.

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