Aquella mañana no vio cómo se alejaba. No le gustaba esa sensación de ver marchar a quien calentaba su cama y su corazón. Probablemente esperaba que se girara, que le gritara "¡Preciosa!" y que volviera a acurrucarse entre sus piernas. Pero él no sabía que ella existía, y aún así lo hacía. Siempre. Menos esa mañana. Quizá pensó "no va a pasar nada si hoy no me levanto a ver" o "será lo mismo de siempre". Pero nunca más lo fue.
Y ella se quedó sin el recuerdo de su marchar, en la ciudad que nunca deja de llorar.
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