Si tuviera qué decir lo qué sentí no sabría muy bien
cómo explicarlo con palabras. Supongo que fue algo fragmentado y a la vez
incongruente. En un primer instante solo pude llorar sin remedio, los ojos se
me hacían mares llenos de nostalgia y adicción a algo que no podía tener. Sin
embargo, tampoco pude alargar mucho ese estado porque mi corazón estaba ya de
aquella un poco cansado de esperar señales apagadas. Cuando me quise dar cuenta
lo único que podía sentir era odio. No sé, esto es quizá lo más difícil de
explicar. Todos nos preguntamos constantemente cómo puede haber del amor al
odio un paso, pues lo hay. A ver, no puedo decir que lo odiara más que a nadie
en el mundo, pero sí que era el mayor odio que había sentido nunca. Impotencia.
Dolor. ¿cómo una persona puede sentir tanto a la vez? Después de eliminar todo
lo que pude de él fue un alivio, una efímera sensación que se convertía en la
desembocadura de un río de amargura. Sentí como si volviera a empezar, como si
todo pudiera tener una segunda oportunidad. Relax y somnolencia. Fueron esas las
primeras noches en las que pude disfrutar dormir del tirón. Como no podía ser
de otra manera, la espera se me hizo eterna y volvió el sentimiento de
culpabilidad. ¿y si…? ¿y si no…? Pero, para mi beneficio, me hice más fuerte que
antes y, a pesar de que el dolor mutaba en una especie de nostalgia, pude
sobrellevarlo con diversas medicinas: sexo y alcohol. El mundo era un lugar
maravilloso que podía ofrecerme todo cuanto quisiera, y yo lo tomé, por
supuesto. La nostalgia era amarga, pero olvidé lo que era mojar la almohada. Sin
embargo, cien fiestas y muchas cervezas después yo todavía seguía acordándome.
No sé, que alguien me diga qué hay que hacer para no sentir nada. Esta vez era
perdón. No podía creerlo pero sí. Ni que decir tiene que no podía olvidar (ni
olvidaré) todo cuanto ocurrió, en parte porque soy una persona muy rencorosa,
pero mi mente ya estaba preparada para poder mantener una conversación
coherente con su persona. La nostalgia se hizo muy fuerte y caí en la
tentación. Mi corazón se hirió más de lo que pensaba y se vino abajo,
arrastrando de nuevo todos los recuerdos, cartas, regalos, promesas. Olvidé
que después de los 19 días todavía quedaban 500 noches.
Buena suerte, es un largo camino.
Santiago de Compostela, 1999.
No hay comentarios:
Publicar un comentario