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Andar descalza, el verde, los helados de chocolate y avellana, sonreír, mirar el cielo, PINTAR, el mar, besar, la pizza, quedar con LSLO, el olor de los libros antiguos, coleccionar tazas, el arte, VIAJAR y verte al despertar. A veces me enamoro.

sábado, 10 de enero de 2015

Carta al futuro


Si tuviera qué decir lo qué sentí no sabría muy bien cómo explicarlo con palabras. Supongo que fue algo fragmentado y a la vez incongruente. En un primer instante solo pude llorar sin remedio, los ojos se me hacían mares llenos de nostalgia y adicción a algo que no podía tener. Sin embargo, tampoco pude alargar mucho ese estado porque mi corazón estaba ya de aquella un poco cansado de esperar señales apagadas. Cuando me quise dar cuenta lo único que podía sentir era odio. No sé, esto es quizá lo más difícil de explicar. Todos nos preguntamos constantemente cómo puede haber del amor al odio un paso, pues lo hay. A ver, no puedo decir que lo odiara más que a nadie en el mundo, pero sí que era el mayor odio que había sentido nunca. Impotencia. Dolor. ¿cómo una persona puede sentir tanto a la vez? Después de eliminar todo lo que pude de él fue un alivio, una efímera sensación que se convertía en la desembocadura de un río de amargura. Sentí como si volviera a empezar, como si todo pudiera tener una segunda oportunidad. Relax y somnolencia. Fueron esas las primeras noches en las que pude disfrutar dormir del tirón. Como no podía ser de otra manera, la espera se me hizo eterna y volvió el sentimiento de culpabilidad. ¿y si…? ¿y si no…? Pero, para mi beneficio, me hice más fuerte que antes y, a pesar de que el dolor mutaba en una especie de nostalgia, pude sobrellevarlo con diversas medicinas: sexo y alcohol. El mundo era un lugar maravilloso que podía ofrecerme todo cuanto quisiera, y yo lo tomé, por supuesto. La nostalgia era amarga, pero olvidé lo que era mojar la almohada. Sin embargo, cien fiestas y muchas cervezas después yo todavía seguía acordándome. No sé, que alguien me diga qué hay que hacer para no sentir nada. Esta vez era perdón. No podía creerlo pero sí. Ni que decir tiene que no podía olvidar (ni olvidaré) todo cuanto ocurrió, en parte porque soy una persona muy rencorosa, pero mi mente ya estaba preparada para poder mantener una conversación coherente con su persona. La nostalgia se hizo muy fuerte y caí en la tentación. Mi corazón se hirió más de lo que pensaba y se vino abajo, arrastrando de nuevo todos los recuerdos, cartas, regalos, promesas. Olvidé que después de los 19 días todavía quedaban 500 noches. 
Buena suerte, es un largo camino.

Santiago de Compostela, 1999.

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