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Andar descalza, el verde, los helados de chocolate y avellana, sonreír, mirar el cielo, PINTAR, el mar, besar, la pizza, quedar con LSLO, el olor de los libros antiguos, coleccionar tazas, el arte, VIAJAR y verte al despertar. A veces me enamoro.

martes, 29 de enero de 2013

2011.

Nunca supe qué palabras salían de aquellos labios, ni qué pasaba por su cabeza; tampoco qué sonaba en esa habitación aquella tarde de invierno que iba despidiendo el primer mes de un curioso año. La gente empezaba a desechar los propósitos que ya no podían cumplirse, como algunas promesas. Pero allí se encontraban ellos, a la espera de que algún milagro ocurriese y se pudieran olvidar del pasado. Ya no sé si llovía o simplemente era uno de esos días caprichosos que sucedían en el norte. Solo sé que ella sonreía y de su corazón brotaban lágrimas con cada nota que invadía la habitación. No había nadie más, tan solo dos almas perdidas que se habían encontrado a la deriva. Al cesar la música se cogieron de la mano, pero ella se dio cuenta de que ya no se encontraba donde antes, quizá volaba. El chico que la acompañaba no medía mucho más que ella y así podía mirarlo a los ojos. Nunca se supo qué decía, ella no quería oírlo porque estaba cansada de mentiras. Se fijó en su pelo algodonoso y castaño que tantas ganas tenía que acariciarlo, ganas que se ahogaban entre llanto cada noche junto con las que tenía de que fuera suyo. Él tenía lo labios más bonitos que había visto en su vida, pero no eran comparables con su sonrisa perfecta que a veces se dejaba asomar cuando hablaba. Creo que él sabía que no era escuchado y así siguió tocando. A veces no podía contener sus sentimientos y se le empañaban los ojos. No aguantó más y se dirigió a la puerta pero un brazo la aferró. Él quería que se despidiese porque no se verían hasta el sábado. De repente, alguien suspiró y se abrazaron (he visto muchos abrazos, pero nunca uno así). Ella parecía ruborizada, sobre todo cuando comenzó a llenarle la cara de besos. Su corazón saldría disparado en cualquier momento. Entonces, el destino ató cabos y sucedió lo que tenía que suceder. 
Fue una tarde cualquiera en un lugar cualquiera, quizá ella llevaba algo verde, pero nadie lo sabrá nunca. Lo único que recuerda ella es qué se siente cuando el amor de tu vida te acaricia la cara, la coge con sus manos y te da el primer beso de muchos otros, muchísimos otros. 

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