Especialmente escribo por la noche porque aún tengo la esperanza de que estas palabras se mezclen tus sueños.
El dolor hace mella cada día en los corazones corrompidos. ¿Quién los curará? Si no hay nadie que se dedique a ello, ¿quedarán así para siempre? Hace ya tiempo que has dejado de soñar con un golpe de suerte. Te levantas y notas el mismo vacío en tu cuerpo que lleva acompañándote meses. Ni siquiera te acuerdas de cuánto lleva ahí porque ahora es tu confidente. Desayunas un par de galletas con leche, pero sonríes porque son tus favoritas. Y, de nuevo, como cada mañana, las mismas caras, las mismas palabras, ningún mensaje. Vacío. ¿Qué se debe esperar de...? Nadie. No necesitas pensar en ello. Todavía puedes desviar el pensamiento fácilmente. Más tarde volverá, pero sabes que puedes ser tan fuerte como te lo propongas. A veces pluma, a veces piedra. Vuelves sobre tus pasos. Vaya. Lloras. No es nada grave. Un disgusto diario es costumbre, dos mala suerte, pero tres sí es un mal día. No tienes razón para seguir. Pero tampoco para no hacerlo. Como ya he dicho antes, nunca fue lo mismo desde que te fuiste.
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