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Andar descalza, el verde, los helados de chocolate y avellana, sonreír, mirar el cielo, PINTAR, el mar, besar, la pizza, quedar con LSLO, el olor de los libros antiguos, coleccionar tazas, el arte, VIAJAR y verte al despertar. A veces me enamoro.

miércoles, 15 de octubre de 2014

(1)

Así que empezaron a florecer los primeros árboles como cada primavera. Cuando miraba por la ventana tenía ese maldito cerezo recordándome que ya no estaba allí. Y así cada año. No era que odiase precisamente esta determinada estación, sino todo lo que conllevaba: calor, flores, parejas, recuerdos, infartos.
Cogí el ordenador y la chaqueta de encima de la silla. En el fondo sabía que no me haría falta pero por si acaso. Se trataba de un día importante porque, después de cinco meses sin oler un sueldo, ahora  Pablo me había conseguido una entrevista. Quien sabe, quizá tenga suerte y pille un trabajo fijo -pensé.
Al cruzar la calle estaba el perro de siempre, el que me mira para que le de un pedazo de pan. Ese día no había suerte. A decir verdad, como músico no había tenido tan mala suerte. Pekín, Estrasburgo, Lodz. Poco más. Quizá algún día Austria. Todavía era mi sueño. Pero los había peores que yo, por supuesto. Tras la muerte de mi padre todo había ido de mal en peor: una mudanza, dos fracasos amorosos, siete empleos cortos y mal pagados. Todo ello hacía que no me tomara muy en serio la entrevista. Pablo decía que esta sería la definitiva, pero a decir verdad algo así había apuntado las tres anteriores.
Cogí el metro que, como siempre, iba lleno. La cita era en la Calle Barquillo a las 17:30. Puntual. Sabía poco de aquella mujer y, a decir verdad, mi compinche poco más. Una artista treintañera de gestos amanerados y buena familia. Seguro que era una estirada -me reí para mis adentros. Pablo solo la había visto una vez y -no sé cómo- la había convencido para realizar una performance en su nueva exposición con un artista de renombre. Dicha mujer, o estaba muy desesperada, o esperaba realmente que esta brisa de aire fresco podía darle un empujoncito a su carrera profesional.
Llegué a la calle acordada quince minutos antes, así que me hundí en mí mismo. Era mi calle favorita de Madrid. Había desayunado cientos de veces en ese café con diferentes mujeres, unas guapas, otras inteligentes y pocas con ambas cualidades. ¿Qué había hecho mal? La relación más duradera que había tenido -de tres años- no pudo prosperar como tenía pensando. Como siempre, algo falló. Normalmente no era yo el culpable, sino mi complicada carrera. Ser músico no lo entendía todo el mundo porque exigía mucha dedicación y empeño, sin embargo Celia no tenía mayor problema en eso. Siempre pensé que era la definitiva pero nunca cuajó, simplemente se aburrió de mí y yo no le hice menor caso a sus intentos de ponerme celoso con su entrenador de jogging. Ahora hacía mucho que no pensaba en mujeres, sólo me acostaba con ellas.
Mierda.
El puto cerezo otra vez.
Pablo corriendo.
- ¿Por qué siempre llegas temprano? Ya veo que tenías ganas de verme.
- Vamos cabronazo, que nos espera una bella dama que requiere mis servicios.
- Por mucho que te guste es para mí. ¿Por qué crees que aceptó este trabajo? Así sin conocerte sería un suicidio para su galería.
- Pues para ser una gran artista, me parece poco profesional arriesgar su carrera por un polvo, ¿no crees?
- Calla y no seas celoso, Albertito, que habrá más para ti. Las mujeres siempre tienen amigas, y la mujeres guapas siempre tienen alguna guapa.
- No te crees ni tú mismo lo que dices.
- Pero cierra el pico y vamos a coger el metro.
Pablo era como un crío. No había cambiado nada desde que lo conocí, ocho años atrás en una boda. Se dedicaba a follar como un condenado, pero además era publicista. Lo único que tenía que ver con la música era la guitarra que colgaba de la pared de su cuarto, y que le ayudaba a promocionarse mejor que cualquiera. Era bueno. Y lo sabía. Sus treinta y cinco años no le apretaban para nada el cuello a la hora de pensar en hijos o amores verdaderos. Su preocupación era él mismo y su sueño: ser joven eternamente. 
El metro nos llevó a Atocha, el lugar dónde había quedado con aquella mujer.
- ¿Al menos sabrás su nombre no? ¿Vive en una estación de tren? ¿No me habías dicho que era rica?
- Pero, ¿por qué estás tan impaciente? Acaba de llegar de Berlín y estará cansada. Da gracias que se ha citado con nosotros. Debes ser amable y mostrarte humilde, pero también como un artista famoso, ¿comprendes?
- Pablo, sé como dirigirme hacia una persona en una entrevista.
- Pues cualquiera lo diría, después de tantos fracasos.
Me callé porque tenía razón. A pesar de poner todo mi empeño en parecer un hombre seguro de mí mismo, echándome incluso algún farol, no era lo suficientemente bueno. O si lo era, no era lo que buscaban en ese momento.
Caminamos a través de la plaza hacia un café que parecía de buen ver. Me preparé mentalmente para mostrarme seguro de mí mismo y ensayé algunas respuestas rápidas que pudieran parecer ingeniosas.
- Mira Alberto - señaló Pablo a lo lejos - es aquella que está sola leyendo. Vamos a acercamos. ¿Estás listo?
- Sí, claro. A ver que tal. Deséame suerte.
- Mucha mierda.
Me adelanté. Estaba de espaldas pero podía ver que el libro se titulaba Cisnes salvajes. Tenía el pelo oscuro recogido en un moño con aspecto despeinado. A pesar del calor que apremiaba iba bastante abrigada. Realmente se notaba que bajaba del norte. Tenía un jersey granate y una falda oscura, con las piernas cruzadas. Las manos se posaban sobre las hojas del libro. Tenía las uñas pintadas de verde ácido. Sé que pensé lo hortera que pueden ser los artistas cuando se lo proponen. Con tal de llamar la atención -critiqué.
Ya estaba a tan sólo un metro cuando dije:
- Disculpe, ¿es usted...? 
Entonces recordé que el inútil de Pablo no me había dicho su nombre para poder referirme a ella. Iba a dar mi entrevista por fracasada cuando se giró y no hizo falta decir nada más.

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